Summary
Este post recoge mi experiencia personal con la efeméride del 12 de octubre, una fecha que me incomoda tanto por los eventos que conmemora como por el hecho de no pertenecer a ninguna de las comunidades involucradas. Es un testimonio que puede ser insumo para reflexión de otras personas, pero no es un diagnóstico de las experiencias de los demás.
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El 12 de octubre es una fecha que me pone nerviosa por múltiples motivos. Siendo una persona que se enoja fácilmente a veces me cuesta separar los motivos analíticamente, pero en este caso me gustaría intentar ponerlo en palabras sencillas.
Por una parte, la formación en antropología no se puede deshacer y hay desencantos que son difíciles de superar, lo que no significa que a todes nos impacte por igual. Sí, con ojos de antropóloga es difícil no criticar las narrativas negacionistas o las simplificaciones en la manera de representar ciertos procesos históricos. Pero por más que esa formación antropológica pese en mi subjetividad no es el motivo principal de mi incomodidad con la efeméride, o al menos eso es lo que creo ahora.
Ocurre que durante muchos años viví la conmemoración del 12 de octubre como una celebración de la inmigración y, como consecuencia de ella, la riqueza cultural contemporánea. Crecí en una comunidad (escolar) donde tener abuelos italianos, españoles o alemanes era motivo de orgullo y de festejo. En mi familia no hay abuelos inmigrantes, ni bisabuelos inmigrantes; en algunos casos no sabemos su origen y en otros ni siquiera su nombre. Sí, hay historias de migración y desplazamiento, pero estas parecían no tener lugar en la narrativa de la riqueza cultural. Esto puede parecer menor pero de alguna manera funcionaba como justificación a pequeños actos de discriminación cotidianos, alguno mas crueles que otros.
El punto al que quiero llegar con esto es que las trayectorias personales, las historias de vida, influyen de distinta manera en lo que hacemos, decimos y callamos. Me han criticado por usar una frase trillada como “las razas no existen” porque se supone que es algo que todes sabemos, sin considerar cuántas veces tuve que escuchar la frase “negra de mierda” y luego debatir internamente tratando de descular si el problema era la palabra mierda o la palabra negra. Es fácil decir que si te insultan con frases racistas o xenófobas el problema es de quien insulta sin considerar el impacto de escuchar insultos cotidianamente; a veces es más que un insulto, por ejemplo cuando vemos que los reclamos de algunos son más oidos que los reclamos de otros, ni hablar de la violencia física.
Una respuesta podría ser el orgullo como acto político frente a la narrativa de la descalificación y la vergüenza en la que fuimos criados. Pero ocurre que algunes ni siquiera tenemos elementos para reconstruir el orgullo, porque no nos quedan ni los recuerdos ni los retazos. Y eso no es producto del azar sino probablemente la consecuencia de genocidios de antaño que muchos creen obsoletos y sin embargo siguen actuando mediante la ruptura de los lazos familiares, por vergüenza impuesta, por ignorancia y por indiferencia. Así que perdón si una y otra vez vuelvo a ese lugar común de recordar que las razas no existen pero a veces es lo único que nos queda.
